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¿Dónde están?

Aunque amplia, esta es una pregunta que nos hacemos desde hace tiempo. Demasiado tiempo. Durante la segunda mitad del siglo XX las dictaduras militares dejaron miles de desaparecidos en Argentina, Paraguay, Chile, Bolivia, Brasil y Uruguay. Pero lamentablemente, no solo nos preguntamos dónde están ellos. También nos toca preguntarnos dónde están muchos otros, varios años más adelante. Las desapariciones forzadas que nacieron como producto de las dictaduras militares en la actualidad pueden perpetuarse en situaciones complejas de conflicto interno.


Lamentablemente no son un tema que quedó exclusivamente en el pasado y que gran parte de la sociedad las trae al presente reclamando justicia y respuestas. Las desapariciones forzadas son un tema de hoy. Un tema que como vimos, recupera fuerza incluso con las medidas más estrictas de los gobiernos latinoamericanos como respuesta a la pandemia del COVID-19.


Naciones Unidas estima que en México hay más de 75 mil casos de personas desaparecidas, desde 2006 a causa del narcotráfico. Pero dentro de ese número avasallante, están las desapariciones forzadas de Iguala en 2014. Allí, 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa desaparecieron luego de ser perseguidos y atacados por policías municipales y militares del batallón 27 de infantería de Iguala.


La situación en Colombia no es muy diferente. El Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica reveló que al menos 80 mil personas han sido privadas de su libertad hasta 2018. Hasta 2015 la cifra rondaba los 60 mil.


Un informe de la ONG Robert F. Kennedy Human Rights registró, en 2018, 200 desapariciones forzadas en Venezuela. Para 2019 el número ascendía a 524. Este estudio señala además que las desapariciones forzadas en ese país son un instrumento de represión política del gobierno para ejercer control social, reprimir opositores políticos y personas críticas con la gestión.


Necesitamos que los Estados cumplan con sus obligaciones. Necesitamos respuestas pero también necesitamos que la pregunta no se siga multiplicando. Las desapariciones forzadas son un flagelo que afecta a las propias víctimas, a sus familias y amigos pero también a todos nosotros como comunidad. Ningún país, ninguna democracia, es sana cuando las desapariciones forzadas están presentes. No es sano vivir con miedo. Miedo a que te pase algo a vos o a alguno de tus seres queridos por pensar distinto.



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